sábado, 20 de agosto de 2011

Sentido de la Vida


EL PROBLEMA DEL SENTIDO DE LA VIDA

EL PROBLEMA DEL SUFRIMIENTO

Hambrunas en Africa
Todos sabemos que lo que más nos angustia del hecho de existir es la presencia constante del sufrimiento.  El temor a la muerte y la enfermedad, las desgracias humanas y lo absurdo, es decir inhumana, que puede parecer la vida a menudo, constituyen la fuente principal de los cuestionamientos desgarradores sobre nuestra razón de ser en el mundo.  El problema del sentido de la vida no es quizás un problema teórico sino sólo secundariamente; en sus orígenes se trata de un problema de índole práctico: el de cómo podemos sobrellevar el sufrimiento y ser felices. 

El sufrimiento es el verdadero problema humano.  Si nos detenemos a pensar sobre nuestra condición humana, lo que más nos cuesta comprender es por qué tenemos que padecer u sufrir.  Anhelamos todo el tiempo la felicidad y quisiéramos por todos los medios liberarnos de las pesadas cargas de la vida, de sus absurdos, de nuestros temores y vacíos.

Este es quizá el problema más serio con el que se tiene y ha tenido que enfrentar la filosofía y el único lo suficientemente importante como para que pensemos que una respuesta  a este problema es indispensable.  Al tratarse, además, de un problema que compete a todos los seres humanos por igual, independientemente de su historia, su cultura, su época, su clase social o su modelo de pensamiento, debemos pensar que todos los hombres somos filósofos en la medida en que tratamos de encontrar la felicidad cuando luchamos por tratar de superar el sufrimiento.

SCHOPENHAUER

Arthur Schopenhauer
La filosofía metafísica de Schopenhauer está consignada en su obra fundamental titulada El mundo como libertad y representación.  En ella explica que la realidad, en su totalidad, debe ser comprendida bajo dos aspectos fundamentales que conforman, por decirlo así, las dos caras de una misma moneda.  La realidad, “el mundo”, por un lado es representación.  Por este término debemos entender lo que los griegos llamaban “apariencia”, o usando el término castellano derivado del griego: “fenómeno”.  Un fenómeno es un objeto que se nos aparece no tal y como es en sí mismo, sino de la forma como nosotros podemos conocerlo.  La realidad la podemos conocer en la medida en que se nos muestra condicionada por nuestra capacidad humana de entenderla.  El mundo como fenómeno está constituido por el conjunto de nuestras experiencias, por el flujo constante de las mismas en el tiempo y por su presencia continua en el espacio.  Se trata de lo que nosotros en la vida diaria ingenuamente consideramos como la realidad de las cosas, pero que el análisis filosófico revela como manifestación de una realidad más sustancias que está habitualmente oculta.

Por otro lado, la realidad es, para Schopenhauer, lo que él llama “voluntad”.  El concepto metafísico de voluntad en Schopenhauer no hay que confundirlo con nuestro concepto cotidiano de lo que llamamos voluntad, aunque esa idea común y corriente nos pueda ayudar, en parte, a entender de qué habla Schopenhauer.  La voluntad metafísica es la esencia del mundo, lo que las cosas son en sí mismas y lo que causa los fenómenos, o en otras palabras, aquello que es el ser sustancial y que se manifiesta como representación en el mundo.   La voluntad, que es la realidad misma de las cosas, consiste en un deseo constante, en un impulso que se manifiesta en las fuerzas naturales más básicas y en el motor más profundo de las acciones de los seres vivos y de los hombres.  Ese deseo, que es irracional, y que no depende de nosotros ni de nuestra capacidad de comprender el mundo, sino del que antes bien nosotros dependemos, es el que origina todas las cosas y hace que sean reales.  Para Kant, las cosas en sí mismas son incognoscibles, pero par Schopenhauer es factible encontrar la manera de hablar metafísicamente de la realidad tal y como es en sí misma, creyendo que sí es posible su conocimiento, no directamente, por su puesto, pero sí a través de la diversidad de los fenómenos.

Para aclarar su teoría, Schopenhauer recurre a las doctrinas tradicionales de la filosofía clásica de la India consignadas en los textos de los Upanisads, según los cuales, el conocimiento de la realidad íntima de las cosas está habitualmente vedado a los vulgares ojos humanos por un velo de apariencias dispuesto entre la mente de los hombres y la esencia del mundo.

La vida consiste fundamentalmente en una lucha constante contra ese velo de maya (apariencias), contra esa manera de ver el mundo como apariencia, que suele ser fuente del engaño, el error, el mal, el sufrimiento y la infelicidad.  El objetivo de la vida de los hombres es liberarse de las ataduras del mundo de los fenómenos, y esa liberación, que es en esencia un acto de comprensión y que hace la felicidad, consiste en el reconocimiento de la identidad de nuestro verdadero yo, más puro y profundo –o Atman como se dice en sánscrito- con la esencia fundamental, la sustancia última del universo –o Brahman-.  Schopenhauer llama tanto a atman, el yo esencial, como a brahman, la esencia del universo, con una sola palabra: “voluntad”.  Después de todo se trata de lo mismo, de la realidad fundamental que se representa en el mundo fenoménico del velo de maya.

Oblación en el río Ganges
Ya podemos ver más claramente como la concepción metafísica de Schopenhauer puede permitirnos elaborar una respuesta al problema del sentido de la vida.  La fuente del sufrimiento es el desconocimiento de la verdad fundamental de la identidad de mi yo esencial y la esencia del universo; la creencia de que el mundo de las apariencias constituye la realidad total de las cosas.  Es nuestra incapacidad de ver detrás de la diversidad y pluralidad de los fenómenos en el velo de maya la que hace que vivamos atados, apegados a ellos, sin comprender la causa fundamental de los hechos, las cosas y las acciones.  Esa causa fundamental es la voluntad.  Y la voluntad es ciega, impersonal, irracional y constante.  Impulsa a todas las cosas a ser lo que son de manera inexorable y lleva a los hombres a actuar tal y como actúan.

Pero ¿para qué todo ese costoso y esforzado desenvolvimiento de materia, fuerzas, vida y mente consciente en la realidad, impulsado por una voluntad ciega que se disgrega en la multiplicidad desgarrada de los fenómenos del mundo?  La respuesta de Schopenhauer también es famosa: para nada.  Puede ser un verdadero quebradero de cabeza ponerse a pensar en una justificación final del universo y de la vida.  Schopenhauer que era inútil buscar una razón positiva de la existencia, más allá del vacío mismo.  La voluntad que se origina sin razón se dirige hacia la sinrazón, y así como antes de nacer y llegar a la vida no éramos nada, cuando arribemos a la muerte seguiremos siendo lo mismo: nada.

LA FELICIDAD HUMANA

La voluntad domina todas las cosas y todas las cosas se mueven regidas por la voluntad en su energía más esencial.  Pero aunque esa voluntad en sí misma no se dirija hacia ningún lado, así esa voluntad sea voluntad de nada, la existencia particular de los individuos y de los fenómenos se puede explicar en función de la voluntad que lo constituye todo.  ¿Qué es la vida humana, según esta perspectiva?  La vida de los hombres, dice Schopenhauer, oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento, entre el sufrimiento y el tedio.  Cuando tenemos muchas ocupaciones y deberes, cuando la vida nos agita con golpes y sucesos, nos quejamos y padecemos con el dolor que tales eventos nos producen.  El trabajo nos agobia por el cansancio que nos produce.  El desgaste que genera el esfuerzo de las tareas de la vida diaria nos desanima, y la actividad, que es indispensable para vivir, se nos vuelve fuente de penas y sufrimiento.  Pero cuando cesamos de trabajar, cuando nos deshacemos de nuestras ocupaciones y decidimos descansar, o cuando no tenemos qué nos preocupe y llene nuestras horas, nuestro sentimiento es el del aburrimiento.  Sentimos hastío si no hacemos nada, y el paso del tiempo se nos hace tedioso y hasta insoportable.

Schopenhauer explica muy bien esto con una metáfora: la vida humana es como los días de la semana; de lunes a sábado representa el sufrimiento por las ocupaciones, el domingo representa el tedio.  Los pobres sufren porque tienen que trabajar mucho.  Los ricos sufren porque no tienen que hacer nada.  La felicidad para Schopenhauer es pues, no un estado de alegría o dicha constante.  Eso es ilusorio.  La felicidad sólo puede existir de modo negativo, como ausencia de sufrimiento.  En la medida en que el péndulo de nuestras vidas no oscile en exceso y no se dirija a los extremos sino que trate de no oscilar tanto, seremos felices.  El péndulo no puede detenerse, por su puesto, pues eso sería la muerte.  Y suicidarse, como podría sugerir un extremista, para Schopenhauer no tiene sentido, pues ello implicaría ceder a la lógica de la voluntad misma.  ¿Qué le importa a la naturaleza la muerte de un individuo?  Nada.  La única posibilidad de superar el sinsentido y el sufrimiento es por medio de la negación de la voluntad, no a través de su afirmación.  Pero, ¿cómo es posible negar la voluntad? 

Joyas de Oro
Schopenhauer pensaba que a pesar de las dramáticas, en apariencia, conclusiones de su sistema metafísico, en el que la existencia total de las cosas no tiene sentido alguno, la felicidad humana si es posible.  Y esto, porque al ser nosotros no sólo parte del mundo de los fenómenos, sino también voluntad en esencia, somos capaces de negar ese vacío.  En la medida en que ese  vacío se genera por el ansia inagotable de poseer y ser, y en la medida en que ese vacío y sensación de sin sentido es el que genera el sufrimiento, pues nada en nuestra vida nos satisface por completo, lo que tiene que hacer el hombre para evitar ese sufrimiento es negar su voluntad, el anhelo fuente de desilusión y su apego por las cosas.

Referencias Bibliográficas

ARCHILA RUIZ, Leonardo, SERRANO LÓPEZ Guillermo y TORREGROSA, Enver.  Filosofía 11º, 2ª edición, Santafé de Bogotá, Editorial Santillana, páginas: 142-145.

Actividades:

1.    Con base en la información del texto, realice un comentario sobre el siguiente interrogante: ¿Cuál es el sentido de la vida?
2.    ¿Por qué sufrimos?
3.   La respuesta al interrogante 2º, enviarla al correo electrónico solo.informes.ita@gmail.com
4.    Fecha límite para la publicación de sus comentarios y el envío de sus correos: 09 de Septiembre/2011.



domingo, 22 de mayo de 2011

Los Valores


AXIOLOGÍA

El estudio del significado y clasificación de los valores nos permite clarificar el sentido que le damos a la vida y a lo que hacemos a diario.  Elaborar nuestra propia escala de valore es en definitiva, organizar nuestro futuro.

A modo de introducción…

LA DIFERENCIA ENTRE TENER Y SER

Imágen de Buda
En una cultura cuya meta suprema es tener –cada vez más-, y en la que se puede decir de alguien “vale un millón de dólares”, ¿cómo puede haber una alternativa entre tener y ser?  Al contrario, parece que la misma esencia de ser consiste en tener; y si el individuo no tiene nada, no es nadie.

Sin embargo, los grandes Maestros de la Vida han considerado la alternativa entre tener y ser como el punto más importante de sus respectivos sistemas.  Buda enseña que para alcanzar la etapa más elevada del desarrollo humano, no debemos anhelar posesiones.  Jesucristo enseña: “porque cualquiera que quisiere salvar su vida, la perderá; y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, éste la salvará.  Porque ¿qué aprovecha al hombre, si se granjea todo el mundo, y se pierde a sí mismo, o corre peligro de sí? (San Lucas 9:24-25).

Eckhart
El maestro Eckhart enseñó que no tener nada y permanecer abierto y “vacío”, no permitir al ego ser un estorbo en nuestro camino, es la condición para lograr salud y fuerza espiritual.  Marx enseñó que el lujo es un defecto, tanto como la pobreza, y que nuestra meta debe consistir en ser mucho, y no en tener mucho.  (Me refiero aquí al verdadero Marx, al humanista radical, y no a la falsificación vulgar que presenta el comunismo soviético).
ERICH FROMM. Ser o tener.

EL VALOR SUPREMO ES LA VIRTUD DEL HOMBRE

En ninguna obra humana se da muestra de tal firmeza como en las actividades virtuosas: aparecen, en efecto, más firmes incluso que las ciencias; y las más firmes de entre ellas son las más estimadas, porque los hombres felices pasan la vida ejercitándose en ellas con preferencia y con más continuidad.  Y ésta parece que es la razón de que, tratándose de ellas, no cabe el olvido.  

Se dará, pues, lo que estamos buscando en el hombre feliz, y lo será durante toda su vida. Pues siempre, o con preferencia a todas las demás cosas, hará y contemplará las cosas de la virtud y sobrellevará airosamente los lances de la fortuna, estando siempre en su puesto, al menos el que es bueno a carta cabal y “cuadrilátero sin reproche”.

Pero como muchos de los sucesos se deben a la fortuna, y difieren entre sí por su grandeza y pequeñez, es claro que los pequeños beneficios de la fortuna, lo mismo que sus contrarios, no ejercen peso en la balanza de la vida.  Pero los grandes y numerosos harán la vida más feliz, pues son por naturaleza como ornato añadido, y se puede hacer de ellos un uso bueno y honesto; por el contrario, los males conturban y mancillan la felicidad, porque acarrean penas e impiden muchas actividades.  Sin embargo, también en medio de estos resplandece la belleza cuando se soportan con entereza muchos y grandes infortunios, no por infortunios, no por insensibilidad, sino porque se es noble y magnánimo.
ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco.

EL VALOR SUPREMO ES EL CAPITAL

Carlos Marx
¡Época de 1900, la buena época!  ¡Qué orgullo ser burgués y que orgullo ser europeo!  Alrededor de los verdes tapices de Londres, de París o de Berlín se decide la suerte del planeta.  Se trasplanta el caucho del Amazonas a Malasia, se ahogan en la miseria los enormes yacimientos del alto Hoang Ho, se construye en pocas semanas una ciudad minera al norte del alto Vaal.  Movilizadas por el vapor, las riquezas del planeta se desplazan “de un extremo al otro del mundo”, como dice “Le Bateau Ivre”, gracias a las órdenes que el telégrafo transmite en pocos minutos.  La vida de millones de seres depende de las decisiones de los consejos de administración de Londres, Paris o Berlín.
CHARLES MORAZNÉ, El apogeo de la burguesía.

Referencias Bibliográficas

ARCHILA RUIZ, Leonardo, SERRANO LÓPEZ Guillermo y TORREGROSA, Enver.  Filosofía 11º, 2ª edición, Santafé de Bogotá, Editorial Santillana, páginas 150, 155; 2000. 

Actividades:

1.    Con base en la información del texto, realice un comentario sobre el siguiente interrogante: ¿En tu opinión, ¿cuál debe ser el valor supremo?  ¿un valor espiritual o un valor material?
2.    ¿cuál crees que es el valor supremo de nuestra sociedad?
3.   La respuesta al interrogante 2º, enviarla al correo electrónico solo.informes.ita@gmail.com
4.    Fecha límite para la publicación de sus comentarios y el envío de sus correos: 12 de Junio/2011.



domingo, 13 de marzo de 2011

Valor de la Lógica

EL VALOR DE LA LÓGICA

UN PROBLEMA

Imaginemos una discusión en la que se está debatiendo sobre si un computador puede pensar.  La persona A sostiene que los computadores definitivamente no piensan.  B cree que los computadores no pueden pensar.  C no sabe claramente qué se está entendiendo por pensar, y G defiende que los computadores sí piensan.  ¿Se puede resolver esta discusión?  A primera vista no hay como saberlo.  Las cuestiones filosóficas como ¿Pueden pensar los computadores? son bastante difíciles y existen posiciones diversas a la hora de responderlas.  Pero esto no significa que valga la pena intentarlo.

Desarrollemos más la discusión.  Si cada uno de los participantes en la disputa se limita a exponer sus ideas y está reacio a discutirlas, es difícil que el grupo llegue a un acuerdo.  En ese caso no vale la pena conversar.  Pero si el grupo asume una actitud filosófica, y cada participante quiere o desea que su posición sea discutida o analizada, entonces será posible hallar una respuesta común.  En ese caso no basta con exponer la posición propia, sino que además es fundamental ofrecer razones que la sustenten.  Dependiendo del modo como cada uno argumente, es probable que se llegue a un acuerdo, tal vez no sobre la pregunta planteada en un comienzo, pero sí al menos sobre quien está argumentando bien o mal.  Desde el punto de vista filosófico, si hay una tesis que está siendo mejor argumentada que otra, entonces esa tesis nos debe persuadir más y, en tal caso, como filósofos, debemos cambiar nuestras creencias o al menos repensar nuestra posición inicial.  Y aunque alguien podría pensar que no hay criterios comunes para decidir cuándo un argumento es bueno o es malo, lo cierto es que sí los hay.  La lógica nos enseña cómo evaluar los argumentos para saber cuál es mejor que los demás y nos permite saber en qué ocasiones estamos razonando bien y cuando mal.

EL TEST DE VALIDEZ

Imaginemos que el personaje G dice: Los computadores pueden pensar porque saben jugar ajedrez.  Este es un argumento.  G está ofreciendo una razón para defender su posición.  Pero, como es obvio, no basta con ofrecer razones para que una idea sea admitida como correcta, pues si fuese así cualquier cosa sería correcta al poderse argumentar de cualquier manera.  Si por ejemplo F dice: Los computadores pueden pensar porque a mí me parece que es así, todos podemos decirle a F que su razón es bastante floja y que no convence a nadie.  El argumento es malo, porque en realidad no está ofreciendo razón alguna de peso.  Lógicamente en este argumento, a partir de la razón ofrecida (la premisa), no se puede establecer que Los computadores pueden pensar (o sea, la conclusión).  Además, el argumento no persuade.  Pero esto no significa que tengamos que rechazar la tesis Los computadores pueden pensar, pues puede haber buenas razones para defender que esa idea es correcta y hay muchos argumentos que no hemos examinado, como el argumento de G.  el hecho de que F argumente mal no significa que la tesis de por F sea incorrecta, sino que necesita ser mejor argumentada y, sobre todo, significa que F debe mejorar su manera de argumentar.

Analicemos el argumento de G.  ¿Es un buen o mal argumento?  Para responder esta pregunta necesitamos de un criterio que no sólo sea aplicable a este argumento en particular, sino a todo argumento posible.  Así que mejor será preguntarnos antes ¿cómo podemos saber que un argumento es mejor que otro? 

Los lógicos han estudiado esta pregunta durante mucho tiempo y se ha llegado a muchas conclusiones al respecto, algunas bastante complejas.  Pero a nosotros sólo nos interesa lo básico, por el momento.  Para saber si un argumento es bueno o no, en primer lugar tenemos que hacernos una sencilla pregunta: ¿la pretendida conclusión del argumento se puede establecer siempre a partir de las premisas ofrecidas?  Si aplicamos este primer criterio a un argumento y la respuesta es “si”, entonces el argumento es bueno en la forma como fue construido.  En esos casos, en lógica decimos que el argumento es válido.  Si la respuesta es “no”, diremos que el argumento es inválido.

Claro está que existen otros criterios para saber si un argumento es bueno o no y todos esos criterios son complementarios.  Esto significa que el criterio hasta ahora expuesto no es suficiente, aunque sí necesario para que, desde el punto de vista de la forma del argumento, éste pueda ser considerado válido. Llamaremos a este criterio, el criterio de validez formal de un argumento,  que podemos expresar en una regla o ley: En todo argumento válido la conclusión siempre se puede establecer a partir de las premisas dadas.  Y podemos diseñar un test para probar si un argumento cumple o no con la condición de la validez formal.  El test consiste en escribir solamente las premisas del argumento, y observar si a partir de la sola lectura de éstas se puede saber la conclusión.  Por ejemplo, si yo digo: Si Adolfo actuó por motivos egoístas, entonces sus actos deben ser juzgados como malos.  Es cierto que Adolfo actuó por motivos egoístas.  Por lo tanto…

¿Qué debo concluir a partir de esas premisas?  Nada distinto al enunciado Los actos de Adolfo deben ser juzgados como malos.  Cualquier persona puede sacar esa conclusión, pues por la forma como está construido el argumento, con sólo ver las premisas se puede saber cuál es la conclusión.  El argumento ha pasado el test.  Hay que anotar, no obstante, que el hecho de que el argumento haya pasado el test de validez no implica que la conclusión sea verdadera.  Es más, ni siquiera sabemos de cuál Adolfo se está hablando ni a qué motivos o actos se refiere.  Lo que nos dice el test de validez es que si se da el caso en que las premisas del argumento son válidas, entonces sólo en ese caso la conclusión también lo será, aunque el test no nos puede ayudar a determinar la validez del contenido de las premisas.

Apliquemos pues el test de validez al argumento de G. La  premisa es: Los computadores saben jugar ajedrez.   ¿Qué debemos concluir a partir de ahí?  G sostiene que la conclusión debe ser  Los computadores pueden pensar.  Pero ¿es necesario que saquemos esa conclusión?  Lo cierto es que no.  La conclusión es probable, pero no necesaria.  Perfectamente puede suceder que saber jugar ajedrez no implique poder “pensar”.  Y por eso podemos decir que el argumento de G tal y como está planteado no pasa el test.  Sin embargo, G podría mejorar su argumento e introducir una nueva premisa: Los computadores saben jugar ajedrez.  Si algo juega ajedrez, entonces ese algo puede pensar (o en otras palabras: Todos los que juegan ajedrez piensan).

La conclusión aquí es inevitable y con esa premisa nueva es evidente que el argumento sí es válido, puesto que así supera el test.  Todos tendrán que estar de acuerdo, entonces, en que si las premisas de ese argumento son verdaderas, la conclusión tiene que serlo.  Pero como ya lo dijimos, el hecho de que un argumento sea válido en su forma no implica que su contenido sea verdadero.  Y eso hace que el argumento siga siendo discutible, pues alguien podría cuestionar las premisas.

EL TEST DE LAS PREMISAS

Imaginemos ahora que el personaje A decide discutir el argumento reformulado de G.  He aquí los contra-argumentos de A: -No es cierto que “Todos los que juegan ajedrez piensan”, pues para pensar no sólo uno debe estar en la capacidad de jugar ajedrez, sino que también debe estar en la capacidad de hablar, de sentir, de percibir y de imaginar.  –Es cuestionable afirmar que los computadores saben jugar ajedrez, porque para saber jugar ajedrez no basta con mover las fichas según las reglas del juego, sino que además es necesario saber qué significa jugar ajedrez, y los computadores no interactúan con el mundo como para hacernos evidente que saben qué es lo que significa jugar ajedrez.

Estos dos argumentos ofrecidos por A son buenos, pues no sólo aprueban el test de validez, sino que además parten de premisas que son fiables.  Y como podemos observar, estos argumentos cuestionan la verdad de las premisas ofrecidas por G.  De esto podemos concluir que las premisas del argumento de G no son fiables del todo y, por lo tanto, su argumento no es del todo bueno, aunque satisfaga el criterio de validez formal.

¿Qué podemos aprender de todo esto? Que hay un segundo criterio para establecer si un argumento es bueno o no: sus premisas deben ser fiables.  Y el hecho de que sean fiables depende de que sean o evidentemente verdaderas, o que estén comprobadas, o que nos cueste mucho trabajo dudar de ellas.  Por ejemplo, en el primer contra-argumento de A, podemos preguntarnos si la premisa es fiable o no.  ¿Alguien cree que pensar no significa hablar, sentir, percibir e imaginar, además de razonar y recordar?  Ese al menos es nuestro  complejo concepto de “pensamiento”, y nos cuesta trabajo creer que “pensar” se reduce a operar lógicamente con reglas.   Se trata de una premisa difícil de cuestionar, pues ese es el significado común de “pensar”.  El argumento de A ha superado entonces una segunda prueba: el test de fiabilidad de las premisas.

EL VALOR DE LA LÓGICA

Lo que hemos dicho hasta ahora no significa que el análisis de los argumentos de A sea definitivo, ni mucho menos que la respuesta de A sea la correcta.  Falta mucho por discutir y hay muchos argumentos por analizar. Además no hemos estudiando todos los criterios lógicos que hay para saber si un argumento es bueno.  Para eso es necesario un curso de lógica.  Todo lo que hemos establecido es esto: primero, que hay unos argumentos que son mejores que otros; segundo, que hay criterios para saber cuándo se está argumentando bien o mal.


Aristóteles

La lógica es pues la herramienta indispensable del filosofar.  Hay muchos métodos en filosofía, pero las herramientas que nos ofrece la lógica son las más elementales y las comunes.  Son tan efectivas que nos permiten llegar a acuerdos, así sea sobre cuestiones parciales.  Sobre todo nos enseñan a saber discutir y argumentar.  Eso es importante no sólo para las ciencias y jurisprudencia sino también para la vida práctica y cotidiana.

Cuando hablamos de respetar las opiniones ajenas no hablamos de ignorarlas o pasarlas por alto.  Hablamos de ser capaces de analizarlas con argumentos.  Y para argumentar bien hay que saber cómo se hace.  La lógica es pues un buen entrenamiento.  No sólo es cálculo y razonamiento; es también diálogo, respeto, entendimiento y tolerancia, que son, entre otras cosas, las bases de nuestra sociedad libre y democrática.  No en vano la filosofía y la lógica se originaron en Atenas, una sociedad originalmente democrática, pero sobre todo, una sociedad dialogante. 

Bibliografía:
Tomado de: El Valor de la Lógica, Sección Monografía. Filosofía 10º,  Editorial Santillana Siglo XXI (Varios Autores), pág. 198-201, 2000.

Actividades:

1.    Con base en la información del texto, realice un comentario sobre el siguiente interrogante: ¿Pueden pensar los computadores?  construir argumentos con los criterios lógicos dados.
2.    ¿Qué lo que hace a un argumento persuasivo?
3.   La respuesta al interrogante 2º, enviarla al correo electrónico solo.informes.ita@gmail.com
4.    Fecha límite para la publicación de sus comentarios y el envío de sus correos: 31 de Marzo de 2011.


lunes, 18 de octubre de 2010

Filosofía de la Religión

LA  FE EN LA FILOSOFÍA
LA NOCIÓN DE CREENCIA

Cuando hablamos de creencias entendemos el término en dos sentidos: algo que no nos ofrece total confianza y aquellas convicciones personales, que si bien pueden ser de carácter netamente subjetivo, se asientan firmemente en la mente.  También bajo otra óptica, cuando la gente piensa en las creencias, en unas circunstancias las considera de manera despectiva, como si fueran indignas de ser valoradas y en otras circunstancias son objeto de respeto y reverencia profunda. 

Obra de René Magrite

Ahora la cuestión que nos atañe es esta: ¿cuál es el sentido de creencia que hay que aplicar cuando hablamos de tener creencias religiosas?  Es corriente que cuando una persona quiere poner en aprietos a un filósofo le pregunte a quemarropa “¿crees en Dios?”  Sin duda, la respuesta que dé será comprometedora.  Pues si dice sí, el filosofo ya no lo parecerá tanto porque tendrá que aceptar como propias un conjunto de creencias que quizás vayan en contravía de su espíritu racional.  Pero si dice no, se esperará de él una serie de argumentos de carácter escéptico que den cuenta de su posición “naturalmente racional y crítica”, que después de todo puede ofrecer contradicciones o dificultades teóricas y prácticas.

Discutir sobre este tipo de cosas es pues difícil, en razón de la complejidad de la noción de creencia y en razón de la complejidad de la noción misma de “Dios”.  Poca gente del común se da cuenta de que una creencia religiosa no necesariamente implica la creencia en un Dios personal, y son menos los que logran distinguir una creencia religiosa de una actitud religiosa, de un pensamiento religioso y de una vida religiosa, etc.  Un individuo puede ser alguna de esas cosas sin tener las otras, y hasta un filósofo puede tenerlas todas  y no tener que creer en un dios de ningún tipo.  Si todo esto ocurre con la simple noción de creencia es fácil imaginarse lo que sucedería con todas las demás cosas relativas a los asuntos religiosos y filosóficos. 

Capilla Sixtina - Vaticano

¿Existe alguna salida?  La mejor de todas, en principio, es esforzarse por aclarar las nociones de racionalidad y religiosidad.  Si el afán es imponer una opinión, es prácticamente imposible llegar a algún acuerdo.  Pero si el afán es la comprensión y se dispone de las herramientas hay que lanzarse en la empresa de filosofar y eso no se opone para nada a ciertas formas de religiosidad.  Es más, muchas actitudes honestamente religiosas y muchos modelos de vida religiosa exigen esa disposición y actitud filosóficas, pues la razón, no tiene por qué abandonarse, y hasta sería contraproducente para el hombre de fe, no pensar lo espiritual.

CREER EN DIOS

No es lo mismo decir: “Creo en Dios”, a decir: “Creo que tengo las llaves en el bolsillo”.  La diferencia es intuitivamente evidente, pero hay que analizarla para hacerla más clara a un ojo agudo.  En ninguno de los dos casos se trata de una opinión.  Una opinión tendría la forma de algo así como “Creo que los grupos extremistas son la peor opción” o “Creo que es mejor pintar el cuarto de azul”.  El limite, por supuesto, no es del todo diáfano desde el punto de vista lógico, más sin embargo, es factible establecerlo.  Cuando digo: “Creo que tengo las llaves en el bolsillo”, expreso una creencia que señala un hecho, no una idea sobre un hecho, como “Creo que es mejor pintar el cuarto de azul”.  La segunda opinión es una cuestión que no puede ni ser refutada, ni ser demostrada.  Puede  que el individuo que la enuncie haga que otros la compartan o que sea persuadido de cambiar de opinión, pero no hay ningún hecho con el cual sea confrontable.  Eso no quiere decir que esas opiniones no puedan ser argumentables y que no puedan adquirir un aspecto racional.  Incluso, estamos acostumbrados a argumentarla y eso no está bien.  Pero una creencia como “Creo que tengo las llaves en el bolsillo” sólo debe ser confrontada con los hechos; basta con buscar las llaves en el susodicho bolsillo y ya está.  ¿Y qué pasa cuando pensamos en la expresión: “Creo en Dios”?  Pareciera que no se trata de una creencia que deba ser confrontada con ningún hecho, y en ese sentido es absurdo mostrar pruebas o buscar algo, como en el caso de las llaves.  ¿Pero basta con argumentarla como en el caso de las otras creencias?  La respuesta aquí podría ser sí, pero no es tan fácil, pues generalmente cuando creemos en algo hay grados posibles de fuerza en nuestras creencias.  A veces lo creemos con debilidad.  Y es usual que usemos la palabra “creencia” para hacer referencia a convicciones débiles.  Pero, al mismo tiempo, todos sabemos que cuando alguien dice: “Creo en Dios”, si bien lo puede decir con diferentes grados de fuerza, al fin y al cabo se tratará de una convicción, de una expresión comprometedora.


Muro de las Lamentaciones-Jerusalem

Nótese que si bien es fácil cambiar el “Creo que las llaves están en mi bolsillo” por un “Se que las llaves están en mi bolsillo”, prácticamente nadie dice “Se que Dios existe” o “Conozco a Dios”.  Todo eso suena muy pedante, aún más entre hombres de fe.  Eso nos hace pensar que cuando hablamos de creencia en un Dios o en cualquier caso de creencia religiosa, estamos hablando de una profesión de fe. 

La fe no puede concebirse como una creencia débil en el sentido habitual del término.  Tampoco es necesario confundirla con la superstición y mucho menos implica una carencia absoluta de disposición y actitud filosófica.  Según lo que nos enseñan las religiones tradicionales de más amplia influencia en occidente, cuando hablamos de fe hablamos de amor.  Es más fácil traducir “Creo en Dios” en “Amo a Dios”, que en “Sé de Dios”, aunque la última traducción no se niega, sólo que es incompleta.  La profesión de fe revela una actitud ante la vida y ante los hombres, una manera de ver las cosas, un deseo de actual y un anhelo, que no está presente en las otras formas de creencia.  El hombre de fe no es un sujeto con creencias débiles, sino que es, por el contrario, un hombre enamorado.

EL APARENTE CONFLICTO ENTRE FE Y RAZON


Oración en una mezquita

Obviamente lo que hemos dicho no es fácil de comprender por la mayoría de las personas, incluyendo aquellas que hacen profesión de fe.  Y tampoco lo ha sido en el pasado.  En la Edad Media el conflicto entre razón y fe estaba presente y no de una forma superficial como suele pensarse.  Fue tan fundamental este problema filosófico que hasta se puede decir que fue el motor de la mayor parte de las discusiones y las reflexiones filosóficas de ese tiempo.  Los pensadores medievales, en su ambiente intelectual, tuvieron que enfrentarse con esa dificultad y ofrecieron, desde diversas ópticas, opciones muy sugerentes.

¿En qué consistía el aparente conflicto?  Muy simple.  Por vía racional se puede llegar naturalmente a muchas conclusiones que tienen el apoyo sustancial de la lógica y los hechos.  Pero el hombre de fe medieval creía con fervor en la palabra revelada, aquella que está consignada en los textos sagrados, y consideraba que de ella emanaba una serie incuestionable de verdades que en muchos asuntos importantes parecía contradecir las conclusiones de la razón filosófica.  Esta situación conflictiva apareció tanto entre judíos como entre cristianos y musulmanes.  ¿Qué opción tomar?  Rechazar la doctrina revelada para estos hombres era imposible, pues la fuente de verdades que constituían las sagradas escrituras hacía parte de su suelo común, era su piedra de toque y su punto de partida.  La otra opción, que era la fácil, era la de abandonar la reflexión y especulación filosóficas como si fuese una segura fuente de confusiones y de errores.  Pero esta opción facilista implicaba dejar a un lado el arma más poderosa que el género humano puede compartir para  aproximarse a la comprensión de la realidad como un todo.  La tercera opción era pues, la de conciliar la oposición disolviendo el conflicto y mostrando que era aparente.


Iglesia católica

Esto último fue lo que hicieron muchos pensadores de gran relevancia en Occidente.  Uno de ellos fue Averroes, quien en sus variados tratados se esforzó por desarrollar una compleja y elaborada visión filosófica del mundo que se apropiara de los avances de los pensadores griegos antiguos sin necesidad de abandonar los preceptos y verdades espirituales fundamentales del Islam.  Fue particularmente en su obra titulada Doctrina Decisiva a cerca de la concordancia entre la revelación y la sabiduría donde se empeñó en demostrar que para el hombre de fe no sólo es útil y beneficioso el recurso de la reflexión filosófica sino, además, estrictamente necesario, pues sin la filosofía el hombre de fe puede hallarse abandonado sin la luz que la divinidad misma, en su infinita misericordia, le ha concedido a los limitados mortales para que se acerquen a la verdad.  Es un absurdo, para Averroes, pretender que se niegue el valor de la argumentación y el raciocinio, cuando es éste el que permite que la ley divina se haga accesible a las mentes de los hombres, y sobre todo, se haga aplicable.  Las verdades reveladas son una suerte de principio generales que orientan la vida práctica pero que tienen que ser interpretados para que tengan una aplicación efectiva; interpretación que sólo es factible con el uso de la razón.  Los hombres tampoco podemos desconocer las enseñanzas de la razón filosófica, pues lo que esta nos enseña también nos lo está enseñando Dios mismo, sólo que por otro medio, no tan inmediato como el de la belleza poética e intuitiva de los versos sagrados, pero sí claro y comunicable como el de cualquier argumentación.


Mezquita de El Cairo-Egipto

Con ello Averroes se opuso a otros pensadores musulmanes que como Algazel-autor de la Destrucción de los filósofos- pretendían refutar el uso de la razón filosófica utilizando paradójicamente argumentos filosóficos.  La razón misma, al ser autocrítica, nos señala sus limitaciones y nos hace entender que puede tratarse de un camino de indagación y de búsqueda espiritual de sentido distinto pero, al fin y al cabo, compatible con el del enamoramiento propio del hombre religioso.  Tan es así, que no es una exageración decir que la filosofía misma, con todo lo que representa, se nos manifiesta como un indudable camino espiritual que comparte con la vía religiosa ese afán de totalidad, de sentido y comprensión que le ha definido desde sus orígenes.  Averroes es sólo un ejemplo.  Pero nosotros podemos entender su intención a nuestro estilo.

Cuando discutimos filosóficamente sobre la existencia de Dios, por ejemplo, estamos tratando de conocerlo, pero de una manera que no tiene por qué desvirtuar la disposición y la actitud del hombre de fe.  La fe no se pone en peligro con pensar, y pensar no es carecer de fe.  Hay fe en la filosofía, pues ella misma es amor de saber, ella misma es fe y podemos, como muchos grandes espíritus, tener fe en ella.

Bibliografía:
Tomado de: La Fe en la Filosofía, Sección Monografía. Filosofía 11º,  Editorial Santillana Siglo XXI (Varios Autores), pág. 222-225, 2000.

Actividades:

1.    Con base en la información del texto, realice un comentario sobre el siguiente interrogante: ¿Existe semejanza entre la filosofía y la religión?
2.    Cuando se formula la pregunta ¿Crees en Dios?  ¿Qué se busca con ella?
3.   La respuesta al interrogante 2º, enviarla al correo electrónico solo.informes.ita@gmail.com
4.    Fecha límite para la publicación de sus comentarios y el envío de sus correos: 20 de Noviembre de 2010.